¡Necesito música! mis tímpanos inconformes se contraen y me aturden endurecidamente con rabia penetrante, cada vez que salgo inerme a la calle donde carros veloces impregnados de una segunda piel rugosa y mugrienta, amenazan y atacan con ruidos creando una disonancia firme y comprometida en el caos. Me provoca llorar, tan solo para producir un sonido más puro y limpio. Así estaba, allí sin un albergue digno para combatir o escapar de este bullicio infernal e inclemente. Camino por la quinta pa´ arriba como una cucaracha de peluche. Después de tanto caminar encontré el oasis, se llamaba Tintindeo, prometía ser bálsamo y caricia. Rápidamente tire un billete al hombre que protegía con celo la puerta, lo empuje levemente y entre, a lo más oscuro y lo más humano.
En lo profundo del lugar se combinaban todas las formas en sombras indefinibles que se diversificaban en ritmos picantes. La gente bailaba, con las manos, con las bocas, y sobre todo con esos zapatos de material, no existía pudor, con la primera lectura del lugar comprendí sin menor esfuerzo que no existía una regla que no fuera la sonrisa y el sudor, las luces no hacían falta, bastaba con un par de velas y el lugar parecía destellar... Pero yo ya no podía escuchar los compases, los timbales,l el bongo las trompetas, sones, guarachas y charangas que el jockey encendía con furia desde su cabina. Había llegado demasiado tarde. Pero lo que veía tan solo era una endorfina que alentaba mis oídos sórdidos.
Gustavo Carvajal